Dicen que el camino al infierno está lleno de buenas intenciones y consecuencias no deseadas.
Este escrito, basado en el libro de Allen Frances titulado ¿Somos todos enfermos mentales?, no es un ataque a la psiquiatría ni mucho menos, sino una manera de mostrar con datos objetivos de Estados Unidos el exceso de soluciones farmacológicas que vienen utilizándose en las últimas décadas. Aunque los datos se refieren a los Estados Unidos, la idea de sobremedicación se puede fácilmente extrapolar a España.
A causa de la inflación diagnóstica, un excesivo número de personas ha pasado a depender de agentes antidepresivos, antipsicóticos y ansiolíticos, somníferos y analgésicos. Nos estamos (EEUU) convirtiendo en una sociedad de adictos a las pastillas. Uno de cada cinco adultos en EEUU consume al menos un fármaco para tratar un problema psiquiátrico; el 11% de los adultos y el 21% de las mujeres en EEUU tomó antidepresivos en 2010; casi el 4% de nuestros niños toma algún tipo de estimulante y el 4% de los adolescentes está tomando algún antidepresivo; el 25% de los internos de geriátricos han tomado antipsicóticos. En Canadá, entre 2005 y 2009, los psicoestimulantes aumentaron un 36% y los ISRS un 44%.
Los medicamentos psiquiátricos son ahora los productos estrella de las empresas farmacéuticas a la hora de generar ingresos: en 2001, la industria ingresó 18.000 millones de dólares procedentes de la venta de antipsicóticos (un asombroso 6% del total de las ventas de medicamentos), 11.000 millones procedentes de la venta de antidepresivos, y casi 8.000 millones de dólares procedentes de la venta de fármacos para tratar el TDAH. El gasto en antipsicóticos se ha triplicado y el consumo de antidepresivos casi se ha cuadriplicado entre 1988 y 2008.
Las pastillas las recetan los facultativos equivocados. El 80% de las recetas son extendidas por médicos de atención primaria con escasa formación sobre su uso correcto.
Los verdaderos trastornos psiquiátricos requieren de un diagnóstico precoz y un tratamiento activo, no mejoran por sí solos y cuanto más persisten más difíciles con de tratar. Por el contrario, los inevitables problemas cotidianos se solucionan mejor mediante nuestra capacidad de recuperación y con el paso del tiempo. Somos una especie dura, los supervivientes de diez mil generaciones de hábiles antepasados que tuvieron que vivir vidas precarias y evitar peligros que van mucho más allá de nuestra atrofiada imaginación. Nuestros cerebros y estructuras sociales se han adaptado a afrontar las circunstancias más duras; somos totalmente capaces de encontrar soluciones a la mayoría de los problemas de la vida sin trastear con la medicina que a menudo complica y empeora la situación. A medida que nos vamos acercando a tratar sistemáticamente la normalidad como un problema médico, perdemos nuestra gran capacidad de autocuración y olvidamos la mayoría que la mayoría de los problemas no son enfermedades y que sólo en raras ocasiones tomarse una pastilla es la mejor solución.
Allen Frances: “¿Somos todos enfermos mentales?