Después de que en artículos anteriores explicara las psicotrampas del pensamiento, en este artículo y en siguiente abordaré las psicotrampas de la acción.
Anteriormente, vimos cómo nuestras percepciones, pensamientos y creencias pueden provocar un autoengaño disfuncional. Ahora vamos a ilustrar cómo nuestras acciones, conscientes o no, si son reiteradas de modo redundante, conducen inexorablemente a la constitución de problemas, cuando no a verdaderas patologías.
Es la disfuncionalidad típica de todos los guiones comportamentales: insistir en una acción hasta la exageración, o bien insistir en aplicar una modalidad de acción aun cuando no funciona.
Paul Watzlawick habla del “más de lo mismo”: un guion de acción no funciona porque no se ha aplicado todo lo debido, por lo tanto, es necesario insistir, aunque los hechos digan lo contrario.
Creer poco en uno mismo y renunciar a ponerse a prueba para demostrar lo contrario no hace más que confirmar una presunta incapacidad hasta convertirla en real.
"Sólo nos derrotan cuando nos rendimos” escribe Li Pin: puedo perder, pero no debo dejarme derrotar por mí mismo. Si no obtengo lo que quiero, tengo que encontrar otros modos de alcanzar el objetivo; en caso contrario, alimento mi incapacidad. La frustración derivada de un fracaso, sin embargo, no será tan devastadora como una empresa a la que hemos renunciado.
Honoré de Balzac: “La resignación es un suicidio cotidiano”.
El problema surge cuando esta actitud positiva se generaliza pasando de ser una solución a ser un problema. Si frente a una reacción incontrolable, como, por ejemplo, sonrojarse cuando nos sentimos avergonzados, intentamos mantener el control y nos esforzamos por inhibirla, el efecto ser empeorarla. Si insistimos, corremos el riesgo de construir una verdadera fobia a sonrojarnos.
Se trata de casos en los que el intento de control conduce a la pérdida de control.
La estrategia de evitar aquello que tememos es el factor característico de la conducta fóbica. El poeta Fernando Pessoa escribe: “Llevo encima las heridas de todas las batallas que he evitado”.
Si por un lado evitar situaciones consideradas de riesgo nos hace sentirnos seguros, por el otro confirma nuestra incapacidad de afrontar y superar esas dificultades. Al repetirse en el tiempo, el guion de prevención conduce a un aumento del sentimiento de incapacidad y del temor respecto a las situaciones que se intentar evitar.
Lo que al principio nos hace sentir seguros luego hace que aumente nuestro miedo, hasta llevarlo a una verdadera patología fóbica.